RODOLFITO

 

En el Hotel Nacional del Vedado, en La Habana, preparan unos buffet a todo dar: langostas, camarones, ancas de rana... la imaginación es el límite.  Todo esto que acabo de nombrar está ESTRICTAMENTE prohibido para los cubanos, incluso, en los “paladares” (*), a pesar de que ellos se las arreglan para que lo haya, aunque sea a un precio fuera de lo imaginable.   Los cubanos sirven y los turistas comen. 

Para un “cubano-turista” como yo, el escenario produce un profundo dolor de conciencia.  El complejo de culpa ataca cuando uno piensa que al abandonar Cuba y regresar de “turista” años después, uno adquiere un derecho que no lo tiene quien ha sufrido las inclemencias del régimen durante cuatro décadas.  ¿Qué puede sentir un “cubano de Cuba” que atiende detrás del mostrador de un buffet de cualquier hotel de lujo en Varadero a un “cubano de Miami”, lleno de joyas, un buen Rolex, vestido con un conjunto playero de “Saks Fith Avenue”, que se atiborra de langostas, mejillones, al tiempo que amenaza a su hijo que de no comerse su “T-bone steak” no se bañará en la playa?

Tampoco es tan dramática la cosa, porque trabajar en un hotel de lujo es una bendición.  El robo es incontrolable.  La excusa es el turismo.  Las propinas, por muy pequeñas que estas sean: una verdadera fortuna.  Los turistas que se apiadan de los cubanos dejan atrás toallas, sandalias, “shorts”, lentes de sol, trajes de baño, chancletas, ropa interior, agendas electrónicas, pitusas (blue-jeans),medias panties, carteras de semi-cuero, paquetes abiertos de toallas sanitarias, jabones usados, relojes y pare usted de contar.

En el Hotel Nacional me atendió un médico oftalmólogo de apellido Hernández, que en sus ratos “libres” atiende mesas alrededor de la piscina.  Cuba es tal vez el único país en el mundo donde un oftalmólogo le trae a uno una cerveza, mientras se toma el sol al lado de la piscina repleta de italianos, alemanes, ingleses, canadienses... y venezolanos. 

Por extraño que parezca, no se notaba resentimiento en su trato, todo lo contrario.  Además de mesonero, “Rodolfito“ --- así se llamaba el médico --- te puede conseguir tabacos de marca, ron Havana Club a mitad de precio y, ¿por qué no?, un par de “jineteras” para pasar la noche en buena compañía.  Después de quince años de graduado como médico, con un post grado en Bulgaria, “Rodolfito“ se rebusca en su hospital unos 30 dólares al mes... sirviendo mesas en El Nacional, puede ganar eso en un día, fuera de su sueldo oficial.   Me aventuré a preguntarle si no le apetecía emigrar a Miami y me contestó con ese sabor del cubano guapachoso: “qué va mulato, si yo en Cuba estoy de lo más bien...  Si mi hijo médico regresase de Europa y se emplease de mesonero, traficante de tabaco y ron... y además fuese chulo, moriría de tristeza y a su madre habría que internarla en un sanatorio para enajenados mentales, pero para “Rodolfito --- producto de la “Revolución” --- la vida en Cuba es aceptable y apetecible, además.

 

Extracto del libro

Las vivencias de “Paquito” en el Hotel Nacional – El Vedado, La Habana (Cuba)

Regresando al Mar de la Felicidad

de Robert Alonso

 

El Hatillo 24 de marzo de 2003

robertalonso2003@cantv.net

 

(*)  Los “paladares” son pequeños restaurantes caseros donde se sirve una estupenda comida familiar.   El gobierno permite estos “negocitos” limitados por un máximo de mesas.  Los ingresos que producen estos “paladares” son – supuestamente – compartidos con el régimen.

 

ROBERT ALONSO