QUERIDO FERNANDO

 

El 14 de febrero de 1981, desaparecieron en el mar mi amigo y compadre Antonio José Cisneros Rendiles y su esposa, Rebeca Raue de Cisneros, dejando huérfano a su único hijo, Fernando Cisneros Raue.  Cuando ya por fin aceptamos que habían muerto, pues sus cuerpos jamás fueron encontrados, le escribí esta carta a Fernando, quien para entonces tenía la corta edad de 4 años.

 

La carta nunca fue entregada pues inmediatamente después de la desaparición de sus padres perdí todo contacto con él.  Intenté por varias vías hacérsela llegar, pero dudo que haya tenido éxito. 

 

Desde que comencé a enviar mis “alertas” por la red, me he reencontrado fortuitamente con grandes amigos y amigas de toda una vida, incluso con muchos de mis compañeros de primaria de la Cuba que dejé atrás hace hoy 41 años, 6 meses y 3 días.  Solo falta reencontrarme con Fernando, quien hoy tiene 25 años, uno menos que mi hija mayor.

 

Si algunos de mis lectores o lectoras que leerán esta carta lo conocen, díganle – por favor -- que un viejo amigo de sus padres, todavía piensa en él…

 

 

Caracas 2 de marzo de 1981

 

Querido Fernando:

 

Va a hacer un mes de la partida de tus padres y ese egoísmo que existe en cada uno de nosotros me impide aceptar el adiós.  Quizás tú seas la única persona que aún estando muy cerca de ellos, que siendo inclusive parte de ellos, nunca llegues a tener esta inquietud que desde el mismo día de su ausencia nos atormenta a todos.

 

Cuando estoy solo con mis pensamientos, trato de imaginarme a tus padres en esa avioneta que tanto disfrutaban, que tanto desearon, como pudiste haber deseado tú ese juguete inalcanzable que un día de sorpresa te llegó.

 

Cuando estoy solo con mis pensamientos, me imagino a tu padre reportándose como el capitán de su nave, sólo que no lo oigo comunicándose con Maiquetía ni con Curazao.  En mis pensamientos, esos pensamientos que atormentan, que alivian, que dan paz e intranquilidad, casi lo oigo con esa voz suave y apacible, que era tan suya, reportarse a la Gloria del Señor.  En esa fría jerigonza del piloto que disfruta con cada reporte que emite, lo oigo: “…YV1258P, reportándose a ti, Señor, con dos tripulantes a bordo.  Destino final: ¡Tu Reino!

 

Su búsqueda ha sido una verdadera odisea.  Una obra maestra de la más avanzada y compleja tecnología.  En ella se han invertido horas y horas inagotables, un verdadero ejército. Toda una fortuna, como queriendo ignorar, tal vez, que nada de esto nos permite buscar en el único lugar donde puedan estar.

 

Y es que tus padres, Fernando, han llegado al Cielo.  Están ahí, vivos en espíritu, llenos de vida eterna y lo que para nosotros es más importante, vivos en nuestros corazones.

 

Sin embargo, Fernando, el destino te privó de haberlos conocido y por eso no envidio tu condición de inocencia, pues dentro de la tristeza que sentimos en la ausencia de ellos, nos sentimos dichosos de habernos cruzado en el camino de sus vidas.

 

El cuadro se me hace aún más triste cuando pienso en mi hijo, pues yo también Fernando, tengo un hijo de tu edad y no dejo de preguntarme cómo me imaginaría él si lo mismo me sucediera a mí.

 

Hoy necesito hablarte como me gustaría que lo hiciera un amigo a mi niño si algún día me tocara dejarlo atrás.  Hoy necesito hablarte de tu padre, de tu madre.  De lo mucho que me consta que te querían.  De lo mucho que me consta que los querías tú a ellos.

 

Hoy me acuerdo lo mucho que me fastidiabas cuando en el poco tiempo que teníamos tu padre y yo para hablar de nuestros asuntos, temprano durante el desayuno, te le subías en sus piernas acaparando todo su tiempo, pues él te lo daba a ti y me lo quitaba a mí.  Criticaba a tu padre por soportar a un chiquillo que no lo dejaba quieto ni un segundo.  Hoy comprendo el poco tiempo que tuvo para aprovecharte y lo bien que hizo en soportar tus brincaderas en sus piernas al llegar del trabajo con mil problemas encima, típico de sus importantes labores.

 

Mil veces lo critiqué por tratar de hacerte un hombre antes de tiempo, pues se esmeraba en enseñarte cosas que uno no se imagina enseñarle a un mocoso como tú.  Aprendiste a nadar antes que a hablar.  Te tiraba del trampolín más alto de Playa Azul como si fueras todo un hombre.  Buceabas, montabas moto… y hasta volabas su avión.

 

Cuando estabas delante, eras tú y nadie más.  Y me acuerdo cómo me quejaba de tus continuos “¡papa, papa…!”

 

En el poco tiempo que estuvieron juntos, tu padre te disfrutó más que muchos padres disfrutan a sus hijos en toda una vida y eso hoy me contenta y consuela por él.  Sin embargo, me entristecería el que en tu mente infantil se borren esos recuerdos que honrarían su memoria.

 

No sé como será la época en que te toque ser hombre.  Hay veces en que tiemblo de sólo pensarlo, pero a nosotros, a tu padre ya mí, nos tocaron unos tiempos difíciles, llenos de drogas, rebeliones, indiferencia, de brecha entre generaciones y fueron muchos los jóvenes de nuestras edades que no supieron manejar la situación.  Tu padre -- en su corta edad -- fue uno de esos que vencieron los obstáculos y logró un puesto entre los hombres de bien.  Se casó joven, terminó sus estudios y logró tener un hijo, a quien, por sobre todas las cosas, veneraba, adoraba y amparaba.  Sé que algún día te darás cuenta de lo importante que eso es.

 

Tu padre tenía muchos defectos como humano al fin.  Entre estos defectos lo que más yo criticaba era su confianza en todo el mundo.  Para él todos eran buenos y en todos confiaba.  No era ambicioso.  No aspiraba a un imperio.  NO aceptaba la diferencia que existe entre un jefe y un empleado.  No gritaba cuando había que gritar y justificaba la maldad en quienes le hacían el mal.  Es posible que pasen muchos años antes de que yo llegue a considerar sus defectos como virtudes, pero no me atrevería a apostar que no fueran ésas sus mayores virtudes.

 

Ahora me pregunto: ¿Cuánto tiempo hubiera durado  tu padre fuera del mundo avaricioso en que nos ha tocado vivir?  Ahora me pregunto: ¿No será que Dios lo llamó antes de verlo envuelto en la maldad, en la indiferencia… en el despotismo?

 

Sé que dentro de esta carta debo enviarte un mensaje, un consejo.  Sé que debo halarte las orejas antes de que necesiten ser haladas.  Al menos eso es lo que yo quisiera que hicieran con mi hijo de yo faltarle, pero no me siento capaz de hacerlo con el hijo de mi amigo.  De ese amigo que acabo de describir.  Pues sería como dudar de él mismo.  Sería como dudar de que alguien como tú, que lleva su sangre, podría no ser como él.

 

Admito que tendrás momentos en que -- como él – no sepas si vas o vienes.  Admito que podrás pasar por las mismas encrucijadas por las que pasó él durante los años en que un individuo deja de ser niño pero tampoco es hombre.  Admito que cometerás muchos, muchísimos errores, pues él también los cometió.  Pero no dudo que salgas adelante siendo el mismo hombre que fue tu padre.  En que lleguen a verte como su estampa, porque de la buena cosecha salen buenos frutos.

 

Sin temor a equivocarme te puedo dar un solo consejo, que sé no podrá ser interpretado como una duda hacia lo que tú serás.  Cuando te llegue ese momento en que a todos nos toca decidir entre el bien o el mal, piensa en tu padre.  Piensa en que él pasó por ese mismo puente muchas veces y supo cruzar sin caerse.

 

Tu padre se ganó el derecho de aterrizar en el Cielo y ése es un derecho que no a todos los pilotos se les concede.  Dentro de mí no cabe la menor duda de que algún día te estará esperando para verte aterrizar en la misma pista.  Cuando llegue ese día, alguien te recordará al igual que hoy lo recuerdo yo a él.

 

Pero, no sólo partió tu padre.  Junto a él le acompañó tu madre y era muy normal que ella lo hiciera, pues vivía siempre a su lado.

 

Tampoco puedo decirte el destino que le espera a la mujer del mañana, de ese mañana en que le tocará vivir y dirigir a tu generación.  Hoy la mujer atraviesa una crisis como nunca se ha visto.  Tu madre vivió para tu padre y para ti, como muchas mujeres hoy en día no lo hacen.  Dios no pudo prohibirle a él hacer el viaje sin ella, pues la adoraba profunda e infinitamente.

 

Dentro de la tristeza de verlos partir juntos, debes darle gracias a Dios que juntos se fueron, pues así vivieron y así debieron partir.

 

Algún día tendrás una compañera y sólo entonces sabrás lo importante que es compartir.  Algún día tendrás una compañera y aunque solo de lejos te pueda ver, desearía que fuera contigo como lo fue tu mamá con tu papá.

 

También me cansé de criticarla a ella en muchas oportunidades.  Te criaba con tanto celo que no te negaba nada.  Para mí, te malcriaba.  Llegabas a una tienda en su compañía y las dependientes se halaban los pelos cuando te encaramabas por los escaparates.  Ella era incapaz de decirte nada por temor a que sufrieras un trauma.  A mí siempre me pareció exagerado. Ahora me pregunto si prefirió verte reír de las picardías frecuentes que cometías, a llorar por sus responsos.  Lo que sí no me pregunto, pues lo sé, es que la motivaba un amor muy grande, un amor que quizás ni tú ni yo lleguemos jamás a interpretar ni a comprender.  Un amor de madre.

 

Y qué caramba, las lágrimas no me dejan continuar, cuando debería estar feliz.  Debería estar feliz por ti, por mí, por todos aquellos que conocieron a tus padres.

 

El ser hijo de Tony y Becky es motivo de felicidad.  El haber sido amigo de ellos es motivo de orgullo.  El que tengamos que vivir en esta vida sin ellos es cuestión temporal.

 

Algún día – juntos -- echaremos bromas.  Algún día me volveré a reír de él, como lo hacía cuando me daba una respuesta a un problema que según él “era muy sencillo…”  Algún día recordaremos las tantas picardías que vivimos juntos.  Algún día verás, como quien ve en una película, las locuras que tu padre hacía contigo.  Algún día me oirás gritándole a tu padre: “¡Cómo se te ocurre lanzar a Fernandito del trampolín más alto!”  Algún día te verás saliendo de la piscina y subir la escalera de ese mismo trampolín con cara de diablito a los brazos de tu padre, quien te volvía a tirar para comenzar el ciclo de nuevo.

 

Cuando llegue ese día, todos seremos más felices que ahora, pues viviremos juntos una eternidad, sin temor a separarnos -- ni siquiera -- por el breve lapso de una vida.

 

Robert Alonso,

Uno de los tantos amigos que dejaron tus padres…

 

Reproducido en El Hatillo, el 3 de marzo de 2003

 

 

ROBERT ALONSO