NI UN SEUL PAS EN ARRIERE !

 

Mi amigo Fausto Masó se equivocó.  No es ajedrez lo que el pueblo digno de Venezuela está jugando con el Sr. Chávez, ¡es póquer!  La apuesta es Venezuela y con ella, la libertad, el futuro de nuestros hijos, nuestra familia, las cenizas y los restos de nuestros muertos, nuestros hogares, recuerdos de toda una vida, nuestros vecinos, nuestros bienes: ¡todo!

 

Lo estamos jugando todo a una sola mano.  Si perdemos, no tendremos más remedio que entregar… si ganamos, existe la posibilidad cierta de que el perdedor arrebate y tengamos que reclamar lo que por honor y justicia nos pertenece.

 

Venezuela tiene en su mano un trío de reyes, Chávez: ¡un par de dos!   Mientras pensamos la jugada, el actor de Sabaneta nos mete cualquier cantidad de embuste; estamos terriblemente impresionados.  Pidió tiempo y se fue a Brasil, desde donde nos habló de guerra, ametralladoras, la gloria epopéyica de un personaje que él adora: ¡El Che Guevara!

 

Hace un par de días – en el primer discurso de la historia donde quien habla lo hace dándole la espalda al público – habló hasta de heroísmo: ¿qué sabrá burro de pasta de dientes?  “¡Teatro, lo tuyo es puro teatro…!”, como le canta por las noches Orlando Urdaneta, mi amigo.

 

Hay que estar muy “mosca” con los cuentos chinos.  NO debemos dejarnos engañar con la “gesta heroica y revolucionaria” de Fidel Castro y “El Che”.  Lamento enormemente que mi libro, “Regresando al Mar de la Felicidad”, no hubiera podido salir a tiempo, en el 2001, porque allí destrozo el mito de esa “gloriosa revolución” para que mis hermanos venezolanos no caigan en pendejadas.  Aquí les copio el capítulo de mi libro que habla de esa “gloria” que ahora el Sr. Chávez evoca, para marearnos y hacernos creer que su mano es de ases y no un conjunto de cartas inservibles que ni para papel higiénico sirven.

 

LA HEROICA GUERRA REVOLUCIONARIA

(“Regresando al Mar de la Felicidad” – de Robert Alonso)

 

Era puro carisma...  Quien diga que Fidel y su gente pelearon, o no sabe lo que dice o dice lo que sabe que no es.   Había que hacer algo para no perderse la acción.  Entonces, en plena temporada de lluvias, Fidel envió al Che y a Camilo, con unos cien hombres cada uno, a que invadieran Las Villas, el territorio de operación de su mayor potencial competidor, el II Frente del Escambray.   Los jeeps de los rebeldes del 26 de julio se atascaron en el barro y tuvieron que seguir a pie y a mulas, pero cuando llegaron al río más caudaloso de Cuba, el Cauto, ni las mulas querían atravesarlo.  Para practicar tiro al blanco, los “valerosos” hombres del Che le dispararon a una avionetica que sobrevolaba el Central Francisco y la derribaron.  Pueblo cubano, aquí Radio Rebelde.  Los bravos combatientes del 26 de julio, al mando de Camilo y el Che, acaban de derribar una aeronave batistiana en su triunfal y heroica marcha a Las Villas... seguiremos informando.

Haremos una pausa necesaria para comentar un poco esa “jornada heroica” desde la Sierra Maestra (en el extremo oriental) hasta la Provincia de Las Villas  (en el centro de la isla) donde se libraría la “batalla final” que selló el triunfo de la “revolución”.  Para plasmar la historia verdadera en estas páginas, me remitiré al ya mencionado libro de Carlos Franqui, “El Libro de Los Doce”, (impreso y editado por “Ediciones Saturno”, en Barcelona, España, en mayo de 1973 – ISBN 84-7265-013-8) en cuya contra portada podemos leer: “Carlos Franqui ha escrito un libro sobre los orígenes de la revolución cubana hablando por sus propios protagonistas, con la colaboración de un micrófono.  Las narraciones fueron contadas recién terminada la lucha, antes de que conversaran con nadie, para buscar la autenticidad de lo que se dice por primera vez.”  Camilo Cienfuegos y Ernesto “Che” Guevara serán quienes nos contarán parte de esta historia que ustedes están a punto de leer.  Veremos si se peleó con heroicidad.  Sean ustedes los jueces.

Ambos comandantes --- Camilo y el Che --- salieron de la Sierra Maestra con una centena de hombres cada uno.  Eran “rebeldes” sin experiencia, tal como lo plasmó para la historia el Comandante Guevara: “Todo indica que los guardias (los soldados de Batista o “casquitos”) no quieren guerra y nosotros tampoco; te confieso (le escribió a Fidel) que le tengo miedo a una retirada con 150 inexpertos reclutas en estas zonas desconocidas...” (Página 158).  Mucho se dijo después de la victoria, que los soldados de Batista no pelearon y se “hacían los locos” cuando veían una columna de rebeldes pasar deportivamente por un claro de la manigua (del monte).  Incluso se decía que las órdenes de no disparar contra los rebeldes venían “de arriba”.  La única explicación a esta actitud del alto mando, se encuentra en el interés del dictador en mantener aquella “guerrita” viva para generar apoyo y negocios provenientes de sus para entonces aliados: los “americanos”.    La cosa es de risa.  Vean ustedes qué clase de guerra fue aquella, que los aviones del dictador le mandaban papelitos a los rebeldes avisándoles que los iban a bombardear.  El 8 de septiembre de 1958, siendo la 1:50 de la madrugada, el Che le escribió a Fidel lo siguiente: “... no hay tantos mosquitos, no se ha visto ni un casquito (infelices soldaditos del ejército de Batista) y los aviones parecen inofensivas palomas...” (Página 158).  En el “Diario de Campaña del Comandante Camilo Cienfuegos” leemos: “Ya es tarde, la persona que lleva el mensaje espera desde por la mañana, hoy el avión tiró papeles en que dicen que van a bombardear...” (Página 154)  ¡El colmo de colmos!  Aquella “invasión” de dos columnas “revolucionarias” que se prestaban a tomar el gobierno en Cuba, era más anunciada que un desfile de carnaval y la aviación de Batista les mandaba papelillos --- o confetis escritos --- advirtiéndoles que iban a bombardear.  Es como si los aliados de la Segunda Guerra Mundial le hubieran dicho a Hitler --- la noche antes de la invasión a Normandía --- que estuviera pendiente porque en la madrugada del 6 de junio de 1944 le iban a caer con todos los hierros... ¡Absurdo!

En adición a todas estas irregularidades por parte del ejército de Batista, estaba otra mayor: la inmensa e incontrolable corrupción que reinaba dentro de sus oficiales.  El propio General acusó a dos de sus oficiales, el comandante González Finalés y al Teniente Ubineo León, de haber dejado pasar la columna de Guevara por sus sectores a cambio de un soborno.

Mientras todo esto acontecía, en plena “guerra final”, esto es lo que Fidel le escribió a Celia: “La gente me aburre.  Estoy cansado del papel de supervisor, yendo y viniendo sin un minuto de descanso, de tener que cuidar de los detalles más insignificantes, tan sólo porque alguien olvidó esto o pasó por alto aquello.  Extraño aquellos primeros días en que era realmente un soldado y me sentía mucho más feliz que ahora... Después resumió malhumorado: “Esta lucha se ha convertido para mí en una tarea aburrida, miserable, insignificante y burocrática.

Tal vez ese aburrimiento que sentía Fidel en las montañas era minimizado un poco por las visitas de grandes actores de cine, como Johny Weissmuller, el eterno “Tarzán” de las películas en blanco y negro... y el galán de Hollywood Errol Flynn, quien se encontraba --- para colmos --- rodando una película en Cuba con el adecuado título de “Rebel Girl” (“Muchacha Rebelde”). Weissmuller estaba de visita en la isla, participando de un torneo internacional de golf...  “¡y la guerra andando!”   Tarzán  mostró gran aplomo cuando de repente, sin saber de dónde salieron, se apareció un grupo de soldados rebeldes de Fidel y lo rodearon.  Con toda la confianza de un hombre de la selva encontrándose con otros, Weissmuller simplemente se irguió todo lo que pudo, se golpeó el pecho con los puños ¡y dejó escapar un resonante grito de Tarzán!  Después de unos segundos los rebeldes comenzaron a gritar encantados: “¡Tarzán! ¡Tarzán! ¡Bienvenido!

El 20 de diciembre de 1958, faltando días para que Batista saliera huyendo, el General rehusó la oferta que le hiciera el dictador Rafael Leonidas Trujillo, de la República Dominicana, de hacer desembarcar 2.000 “hombres de refresco” en la Sierra Maestra y otros 2.000 en Santa Clara; “no quiero tratos con dictadores”, dijo al emisario de Trujillo, el Coronel Estévez Maymir, agregado militar cubano en Santo Domingo.  Por supuesto que no debió mediar ningún factor relativo a la moral y las buenas costumbres por parte del dictador cubano, tal vez el desprecio de esta importante fuerza -- que sin duda alguna le hubiera dado un giro a los acontecimientos que estaban por sucederse -- fue la creencia de los generales de Batista que tenían controlada la “situación”, pero ya al final, faltando días para la derrota, el alto mando militar gubernamental intentó “hacer las paces” con Fidel... “botar tierrita y no jugar más.”  ¡Qué graciosos!  Se manejó, incluso, una especie de golpe de Estado al General por parte de los oficiales de mayor rango en el ejército regular.  El mayor error del dictador tal vez radicó en su renuencia a entender que en Cuba había una guerra civil... tal vez --- incluso --- murió con esa obstinada creencia.

Muchos ingenuos, entre ellos el propio Che, se creyeron de corazón el “triunfo militar” de la “Revolución”.  Esa errada creencia, casi convicción, llevó al Che al más rotundo fracaso en el Congo y en Angola... y lo llevó a la muerte --- más bien al suicidio --- en Bolivia.  La verdad verdadera es que Fidel jamás triunfó militarmente en  escenario alguno, su genialidad radica en el campo político, táctico y mediático, no en el militar.   El mismo ataque al Cuartel Moncada --- un rotundísimo fracaso militar, más no político --- no fue siquiera una idea original suya.  De hecho, exactamente un ataque igual había sido planeado antes por un tal Antonio Guiteras, un atractivo joven socialdemócrata de la década de los treinta cuando fundó la organización popular “Joven Cuba”.  Había preparado varios planes atrevidos para atacar al Moncada en 1931.  Uno era un ataque directo, el precursor exacto del plan de Fidel; el segundo sería atacar el cuartel con bombas lanzadas desde un avión civil secuestrado.  Ninguno de los ataques planeados se llevó a cabo y Guiteras fue muerto en 1935 en un enfrentamiento sangriento con los militares.

Hemos visto ya que la calidad de los “combatientes rebeldes” no era la mejor.  A eso hay que sumarle el mal estado en que se encontraban, tal como lo escribió Camilo en su diario: “Hoy me dicen que el Che salió de la zona de Baraguá aunque marcha muy lentamente debido al estado físico de los hombres...” (Página 142).   El ejército de Batista sabía en todo momento la situación de ambas columnas... y no era que la persecución fuese con un comando y siete perros sabuesos, eran cientos, miles de soldados.  Camilo cuenta: ”La tiranía nos situó un promedio no exagerado de más de 700 soldados...” (Página 142). Continúa Camilo: “Inmediatamente se tomaron las medidas pertinentes por el resto de la tropa, pensando que habíamos caído en una emboscada, ya que el ejército conocía de nuestro rumbo; esa misma tarde habían llegado 250 soldados procedentes de Camagüey...” (Páginas 143-144).   Más adelante sigue diciendo Camilo: “Los casquitos tenían emboscadas en el camino que va a la playa, en la tienda La Trinidad en el Tres del Caney y en el Seis de Agramonte: un total de 600 mercenarios...” (Página 145).

No transcurría un día en que los rebeldes pasaran por desapercibidos.  Camilo cuenta: “En ese lugar que teníamos destinado para descansar varios días, fue descubierta nuestra posición por dos individuos que se dieron a la fuga al vernos, pudiendo comprobar más tarde que eran militares...” (Página 145); ”Al caerse de un caballo un compañero se le escapó un tiro de una San Cristóbal (rifle inservible fabricado por el dictador “Chapita”, Rafael Leonidas Trujillo, de la República Dominicana; ver Foto No. 135).  Días más tarde al detener a un soldado, nos enteramos que por el lugar que cruzamos un grupo de soldados allí apostados nos vieron, oyeron el tiro y no hicieron el menor esfuerzo por detenernos.  Ésta es la demostración más palpable de que el ejército de Batista no quiere pelear y su claudicante y escasa moral, es cada día más baja...”; “De los tres, un tal Ediliio Sanabria, un negro grande con cara de luna, se prestó para ir a buscar a cierta persona que conocía la zona, resultando ser un chivato (un delator) de primera categoría y en vez de traer el práctico (el guía) trajo a los casquitos, impidiendo así que termináramos de pasar la yegua que teníamos de alimento, después de cuatro días sin probar comida.  El Teniente Moreno (de Batista) se trasladó hacia donde estábamos nosotros dejando a los soldados de la tiranía que mantuvieron fuego cerrado sobre el monte durante 23 horas y en el cual no se encontraba nadie...” (Página 147).  Los tiroteos a “fantasmas” y las bombas a terrenos baldíos o bahías, hacían ruido y la gente “oía” la “guerra”... pero ni un solo muerto.   El Che le escribió a Fidel: “Los guardias llegaron cerca, en número de 40, pero se retiraron sin combatir...” (Página 157).  Más adelante, Guevara continúa escribiendo la historia de la “revolución: “Hubo que retroceder a brújula, permaneciendo en la zona cenagosa y de monte ralo para despistar a los aviones que, efectivamente, volcaron su ataque sobre un monte frondoso a cierta distancia de nuestra posición.   Los exploradores encabezados por el Teniente Acevedo descubrieron un paso en la extremidad de la línea enemiga, pues descuidaron una laguna por la que creyeron imposible el tránsito.  Por esa laguna cenagosa, tratando de amortiguar en lo posible el ruido de 140 hombres chapaleando fango, caminamos cerca de 2 kilómetros hasta cruzar la línea cerca de 100 metros de la última posta de la que escuchábamos su conversación.  El chapaleo, imposible de evitar totalmente y la luna clara, me hacen pensar con visos de certeza que el enemigo se dio cuenta de nuestra presencia, pero el bajo nivel combativo que en todo momento han demostrado los soldados de la dictadura los hicieron sordos a todo rumor sospechoso... Caminamos toda la noche entre cenagales de agua marina y parte del día siguiente.  Una cuarta parte de la tropa esta sin zapatos o con ellos en malas condiciones.” (Páginas 162-163).

Los rebeldes eran “chivateados” (acusados) por mil gentes.  El Che escribió: “En un cayo cercano al central Baraguá, fue capturado el carnicero de ese central a cuya familia se le notificó que no le pasaría nada, pero que debía permanecer con nosotros como práctico (guía) un par de días.  Parece que la mujer quería cambiar de marido y mandó un chivatazo por el cual tuvimos la visita de los B-26 (aviones de combate de Batista) con su cargamento acostumbrado; no hubo novedad, pero debimos caminar toda la noche en una laguna llena de unas matas con hojas filosas que lastimaron los pies de algunos descalzos.  La moral de la tropa iba sufriendo los impactos del hambre y la mazamorra. No podríamos descansar nunca pues los guardias seguían tras nuestro rastro con la ayuda principalísima de los aviones. En cada campesino veíamos el presunto chivato...” (Página 163)  Vean ustedes: encima de que el ejército batistiano sabía de cada paso que daban los rebeldes, no caminaban tres kilómetros sin que un “chivato” los “chivateara”.  Se suponía que estaban luchando por los campesinos y eran estos los primeros que le “echaban dedos” a los “libertadores”.  Fue la clase media urbana la que colaboró con la “revolución”, no los campesinos.  Tras la victoria fue esa misma clase media urbana la más golpeada y la primera en desaparecer.  Nuestro actual presidente, Hugo Chávez, pregona la defensa de la clase media, por eso se nos hace tan difícil entender su concepto de “mar de felicidad”, el cual --- según él --- impera en Cuba.

Pero no sólo los campesinos se cansaron de delatar a los “invasores”.  Entre los mismos dirigentes del Movimiento 26 de Julio había graves conflictos.  El Che nos cuenta: “No pudimos establecer contacto con la organización del 26 de Julio, pues un par de supuestos miembros se negaron a la hora en que pedí ayuda y sólo la recibí, monetaria, nylons, algunos zapatos, medicinas, comida y guías. Me dijeron haber solicitado ayuda recibiendo la contestación siguiente: <<Si el Che manda un papel escrito, nosotros le ayudamos; si no, que se joda el Che...>>” (Página 163).  También había problemas con “la competencia”, el II Frente del Escambray.  El Che comentó en su carta: “Hacemos contacto con tres prácticos del Escambray (del II Frente) que traen un rosario de quejas por la actuación de Gutiérrez Menoyo (el Comandante rebelde Eloy Gutiérrez Menoyo, uno de los líderes del frente revolucionario autónomo que operaba en la Sierra del Escambray – quien no tenía nada que ver con Fidel y su gente), informándome que Bordón había sido tomado preso y había existido una situación que llegó a estar cerca de una batalla campal entre los grupos.  Me pareció que había muchos trapos sucios que sacar al sol en toda esta cuestión y mandé a uno de ellos ordenándole a Bordón que avanzara a mi encuentro...” (Páginas 163-164).  Todavía la fiesta de la victoria estaba fresca en el alma del cubano, cuando ya el comandante Eloy Gutiérrez Menoyo estaba preso sentenciado a veinte años de cárcel.

Se supone que tanto Camilo como el Che debieron haber resaltado las gloriosas batallas que hubo en la invasión hacia Las Villas, porque --- además --- se trató de la actuación más destacada del Movimiento 26 de Julio en la “guerra”.  A lo largo y ancho de ambos diarios de campaña de los dos comandantes, leemos “históricos” reportes como estos: “...después de una pequeña escaramuza donde murió un cabo del ejército e hicimos prisionero a un soldado, ocupamos dos Springfields (rifles), dos cananas y dos pistolas...” (Página 143).  Imagínense un libro sobre la invasión de 1943 a Italia por parte del VII Ejército de ocupación del General George Patton, en donde se describa una escaramuza que dejó un saldo de un cabo muerto y la “ocupación” de un rifle viejo, dos cananas y dos pistolas.  Pintoresco el evento, ¿no?  Camilo nos cuenta otro “glorioso” encuentro: “... cruzamos por un lugar donde vimos a un individuo que entre las sombras, con un fusil, trataba de ocultarse; le dimos el alto, pero logró meterse dentro de una casa.  Rodeada ésta lo conminamos a la rendición, no queríamos matarlo ni herir a la mujer que se oía llorar dentro de la casa.  El hombre abrió la puerta y resultó ser el soldado José R. Ruiz Cruz, perteneciente al escuadrón 23 de la Guardia Rural de Ciego de Ávila, con once años y meses de servicio y 34 años de edad y casado, quien se entregó con su fusil Springfield, una pistola Luger y su correspondiente parque.  Conociendo por el soldado Ruiz Cruz de la presencia de otros soldados en el lugar, se procedió a rodear la casa del cabo Domingo Montejo Pernut, del mismo batallón de la Guardia Rural.  El soldado Ruiz, procedió a llamarlo para que no sospechara de nuestra presencia, pero éste sospechando salió por la puerta trasera y abrió fuego con su fusil ametralladora Browning, haciéndolo funcionar al verse atacado, muriendo el cabo en la primera descarga que hizo el Teniente Pérez, no teniendo que lamentar bajas por nuestra parte, ni accidente a la familia que se encontraba en el interior de la casa, ocupándole a dicho militar un fusil Springfield, la canana y una pistola.  El otro soldado, Leandro Castellanos Brito, en vez de salir en defensa de sus compañeros de armas, se dio a la fuga precipitada, haciéndolo en paños menores...” (Páginas 150-151).  ¿Cómo la ven?

Lo que acabo de transcribir del famoso e “histórico” libro (pro castrista) de Franqui, eran los “hightlights” de la “invasión”.   Un cabo muerto por aquí, otro huyendo en calzoncillos por allá... un par de escopetas con sus municiones “ocupadas” por aquí... y unas botas viejas de soldado “allanada” por allá. Ambos comandantes se eximieron de relatar las “batallas gloriosas”, si es que las hubo.     El 22 de junio de 1898, quince mil soldados estadounidenses invadieron la costa sur oriental de Cuba y se libraron batallas extraordinarias, con miles de bajas y ríos de sangre, como la famosa y verdaderamente heroica batalla por la Colina de San Juan, la batalla de El Caney, la de Siboney y Las Guasimas.  Entonces no había aviones, pero muchas ganas de pelear por parte de los tres grupos involucrados: los cubanos, los “americanos” y los españoles.  Ahí se peleó con ahínco,  sudor y mucha sangre...  miles de soldados dejaron el pellejo en las ardientes arenas orientales de la isla.  

Cuando la fuerza invasora de Bahía de Cochinos desembarcó en Playa Girón, el 17 de abril de 1961, mil quinientos hombres, al mando de Manuel Francisco Artimes Buesa --- de 29 años, psiquiatra de profesión y ex primer teniente rebelde de la Sierra Maestra, fundador y dirigente principal del Movimiento de Recuperación Revolucionaria, MRR --- se batieron a brazos partidos durante tres días con sus noches.   Hubo cientos de bajas en una batalla de verdad verdad.  Los aviones de Castro arremetían contra los buques de desembarco y los hundieron.  La metralla alcanzó a muchos de los invasores, no con papelillos escritos, sino con bombas y plomo calibre .50 que escupían los aviones de Fidel, comandados por el entonces capitán del Pino, que luego, ya general, desertaría a los Estados Unidos, donde vive hoy lamentándose de haber ayudado a la tiranía comunista de su país.  Fidel se hizo presente inmediatamente y fue implacable con los invasores quienes pretendían establecer una cabeza de playa desde donde instalar un gobierno provisional que pidiera ayuda extranjera para hacerse con el poder.    Castro sí que no hizo piruetas ni bombardeó terrenos baldíos ni bahías llenas de camarones; le partió el alma al enemigo y los que quedaron vivos sufrieron una prisión inclemente hasta que el gobierno norteamericano pagó el rescate que les compró la libertad.

        Uno de los jóvenes brigadistas que dejaron la vida en la invasión, Felipito Rondón, de apenas 19 años, inspiró la siguiente poesía escrita por Manuel Artime, quien años después moriría de cáncer en el exilio:

 

FELIPITO RONDÓN

 

“Batallón 2, señor, de Infantería”,

me dijiste orgulloso, Felipito Rondón,

cuando a qué batallón pertenecías,

te pregunté, después de una inspección.

 

Mirabas tu cañón sin retroceso

con tu rostro infantil tan arrobado,

que me luciste un chico muy travieso

que estuviese jugando a ser soldado.

 

Después vino lo heroico, en Playa Larga.

Tu batallón, derroche de bravura,

hizo que la sonrisa roja fuese amarga

cuando la Patria se creció en altura.

 

Después, vino aquel tanque, el tanque ruso

que perforó las líneas avanzadas.

Aquel Goliat de acero que se expuso

a retar el valor de la Brigada.

 

Y tú, David del mundo de Occidente,

te plantaste ante él, altivo, entero,

con tu cañón que era insuficiente

para parar aquel monstruo de acero.

 

Fue breve.  No falló tu puntería.

La explosión te lanzó al suelo inconsciente.

Y aquella bestia herida, en agonía,

pasó sobre tu cuerpo adolescente.

 

Y te imagino altivo, sonriente

ante ese Dios que tanto tú querías,

seguro, Felipito, le dirías

cuadrándote ante Él militarmente:

“Batallón 2, Señor, de Infantería”.

 

        Por su lado Batista venía sacando cuentas.   Corrió la “bola” que aseguraba que Fidel era comunista.  ¿Habrase visto?  Con el “cuento” del comunismo de Fidel, Batista pretendía meterles miedo a los norteamericanos.  Otto Meruelo, vocero del General, se refería a los “rebeldes” con calificativos como “forajidos”, “saqueadores” y “COMUNISTAS”.   La técnica surtió su efecto y por un rato recibió todo el apoyo de Washington, incluyendo dinero contante y sonante, así  como todo el armamento que quiso.   Era un negocio redondo, como suelen ser las guerras.  El “bisne” incluía, incluso, cobro de protección a terratenientes y hasta a uno que otro mafioso amenazado de muerte por los guerrilleros.   No era raro ver cómo los “rebeldes” asaltaban los trenes que llevaban la paga de los soldados de Batista.  Mucho se dijo que esos asaltos los planificaba el propio General, para quedarse con los salarios de sus soldaditos, a quienes les decían “bocaditos” (pasapalos) por lo fácil que era “comérselos” en “batalla”.

 Los “americanos” comenzaron a sacar sus propias cuentas.  En primer lugar, Fidel no debía ser muy comunista que digamos, porque su gente salió en un reportaje --- que el 17 de enero de 1957 hiciera en la Sierra el periodista gringo Hebert L. Matthews ---, lleno de rosarios y con la virgencita de la Caridad del Cobre --- patrona de Cuba --- dibujada en sus pañoletas rojas y negras del 26 de Julio.  Los asesores del Presidente Eisenhower le informaron que los comunistas eran ateos y no creían en Dios ni mucho menos en vírgenes.   Además, en el supuesto negado que Fidel fuese comunista, no veían cómo pudiera durar mucho tiempo al frente de Cuba y de durar “alguito”, ¿qué peligro podría constituir para el gran coloso del norte?

        Con “eso” y algo más en mente, comenzaron paulatinamente a retirarle el apoyo a Batista, quien cada día tenía menos popularidad en Cuba.  Castro sería “nacionalista”, no comunista.  Después de todo, los cubanos habían dado muestra de nacionalismo desde Don Tomás Estrada Palma hasta el General Fulgencio Batista y eso para nada había cambiado la situación de Cuba con respecto a los Estados Unidos.  Cuando llegase el momento, si es que ese momento llegaba, ya verían cómo se metían al barbudo en el bolsillo y lo ponían a vender perros calientes en el Parque Martí.

        El 29 de diciembre, faltando DOS DÍAS para que cayera Batista, el General Tabernilla, acompañado de su también oficial hijo y otros oficiales más, fueron a visitar al embajador de los Estados Unidos en Cuba, Mr. Smith, y le propuso darle un “golpe” al dictador.   Tabernilla  le propuso al diplomático “americano” componer una junta militar conformada por los generales Cantillo, Sosa de Quesada, García Casones y algún otro oficial de prestigio de la fuerza naval y le preguntó tajantemente a Mr. Smith si el gobierno norteamericano estaría dispuesto a reconocer un gobierno así, a lo que el embajador contestó que “lamentablemente” su gobierno sólo podría hacer tratos con Batista, quien en honor a la verdad el único plan que tenía era el de marcharse cuanto antes de Cuba... todavía pensando que no había tal guerra civil en la isla que hasta ahora él controlaba.  Ya para entonces todo el mundo, incluyendo a los rebeldes, estaba tirando tiros al aire para ver qué pato caía... La desorganización latina era dueña del terreno, tanto en el lado rebelde como en el oficialista.  ¿Y los “gringos”?  Bien, gracias.  Ese mismo día 29 de diciembre, “por si las moscas”, Batista había mandado a su familia a los Estados Unidos, a pasar el año nuevo en tierras más frías... “sólo por unos días”, le dijo a su mujer, Marta, quien tal vez haya montado en cólera pensando que se trataba de un ardid de su marido para pasar las festividades en compañía de una hermosa cantante del Tropicana... “cosas de matrimonios”, diría mi abuela.  Al final Marta decidió quedarse y enviar a sus hijos debidamente acompañados por sus “nanas”.

        Pero el General se estaba cuidando como gallo fino.  Ya había quemado gran parte de su correspondencia personal, así como otros documentos “comprometedores” ¿?.  El muy condenado había preparado tres aviones para su huída particular, sin pensar en los miles de cubanos que habían trabajado con él y cuyas fortunas y en muchos casos, cuyas vidas dependían de él.  Todo era por un “por-si-acaso”, porque en su fuero interno él era el macho y quien controlaba las “revueltas”.  El más sorprendido, sin embargo, de su apresurada partida fue el propio Fidel.  Quienes estaban más claro de la situación era el alto mando militar de Batista, que sí sabía que la causa estaba perdida.  En el medio de las festividades de diciembre, el pueblo se preparaba para comer lechón y fiestar.  Los rebeldes del Che y Camilo avanzaban lentamente por la manigua, a veces perdiendo el rumbo y pasando más hambre que ratón en ferretería.  Cualquier cosa hubiera pasado, incluyendo --- aunque poco probable --- la rendición de los guerrilleros, en cuyo caso “se hubiera salvado la patria...” ¡Ja!

        Había tres escenarios fuera de la victoria “revolucionaria”:  que Batista hubiera controlado la situación ya al final de la “guerra”; que los oficiales del dictador --- con el General Cantillo al frente ---le hubieran dado un golpe (cosa que se proyectaba como el escenario más factible si hubiera habido “complicidad” norteamericana y ayuda externa de otros países, como la República Dominicana, por ejemplo); y que los rebeldes hubieran tirado la toalla... todo eso pudo haber pasado faltando días... horas para la derrota del General Batista.

        Nadie estaba seguro de quién estaba al frente de qué cosa.  Muchos de los funcionarios de alto rango, políticos de oficio, alcaldes y jefes policiales se habían ido para el exterior “por razones de salud”.  Algunos rebeldes se habían pasado al bando contrario y lo mismo sucedía del lado oficialista, como fue el caso del Coronel Rego, al frente de las fuerzas de Batista en Santiago, quien estaba encompinchado con el General Cantillo en la conspiración contra el dictador.  El 28 de diciembre de 1958, el Coronel Casillas Lumpuy se “dio cuenta” – de repente -- de que era el oficial al mando que le haría frente a la columna del Che, la cual avanzaba hacia Santa Clara.

        La “batalla” más “sangrienta” y “heroica” peleada por los “valientes” del 26 de Julio,  fue el ataque a la ciudad de  Santa Clara, dirigida por el Che, con el decisivo apoyo del pueblo que salió a la calle, el II Frente del Escambray y el Directorio Revolucionario, organizaciones independientes que ya venían operando en la provincia.

          Fue el Che quien salió más malogrado de la contienda, pues no podía correr porque era “asmático y hablaba mucha mierda”, tal como me aseguró --- años después --- uno de sus más cercanos “colaboradores”. Cruzando apuradamente una calle, en medio de la “balacera”, perdió el balance, se cayó y se pegó contra el contén de la acera fracturándose un codo.  En realidad hubo sus muertecitos aquí y allá... sobre todo entre civiles que se pusieron a ver cómo los rebeldes se caían a tiro con las fuerzas gubernamentales o recibieron uno que otro bombazo “mal echado” de los B26 y Sea Furies ingleses al servicio del dictador.  La baja más importante sufrida por el ejército rebelde fue la muerte del “Vaquerito”, un arrojado y joven capitán que había ganado fama por sus ataques suicidas y dejó el pellejo asaltando la jefatura de policía villaclareña.  Se decía que “El Vaquerito” era hijo de un “santo” muy poderoso y que tenía un “trabajo” muy especial hecho, que evitaba que las balas le dieran... pero ese día, en Santa Clara, el “santo” estaba de rumba y, evidentemente, no lo protegió.   Gracias al Dios Todopoderoso que nos libramos del personaje en esa “heroica” batalla, porque de haber sobrevivido tal vez hubiera terminado de ministro de “algo” y sabrán los santos cuántas locuras hubiera cometido en su cargo.

        Aparte de “El Vaquerito”, las fuerzas rebeldes perdieron a CINCO combatientes más, en eso que se llamó una “batalla”.  Desde hace años, cada fin de semana en Venezuela, el hampa mata a no menos de 40 personas, a punta de balas, puñales o palos; a veces los muertos ascienden a 70, es decir: en las calles de la Venezuela de hoy, se producen entre siete y doce veces más bajas que las sufridas por las fuerzas del Che en aquella sangrienta, gloriosa, epopéyica y heroica “batalla” de Santa Clara.  Si mal no estoy, el intento de golpe de estado de Hugo Chávez y sus compañeros, el 4 de febrero de 1992, le produjo al ejército un total de 15 muertos (hay quienes aseguran que fueron muchísimo más), más del doble de los muertos rebeldes en la “gran batalla” villaclareña.

        No es fácil dar la cifra de los que murieron en el proceso de la “guerra”.  A finales de 1957, el senador Conrado Rodríguez dijo que en total murieron 300 personas, incluyendo en ella las muertes fortuitas de paisanos que nada tenían que ver con los tiros y bombas.  También se metía en este “lote” los muertos que produjeron los actos de terrorismo y sabotaje.  En un período de siete años, esta cifra se reduce a 43 muertos por año, unos 4 muertos mensuales.  Pero Fidel Castro le respondió al senador Rodríguez enérgicamente y aseguró que los muertos fueron 5.000.  Inmediatamente “brincaron” nuevas cifras, cada una más abultada y exagerada que la otra.  A los pocos meses, en agosto del 58, Castro “rectificó” su cifra de 5.000 muertos y la elevó a 6.000, pero a finales de ese mismo año, el ex presidente cubano Ramón Grau San Martín, quien tenía fama de “gracioso” e irónico, se lanzó con una de 20.000... Esa le gustó más a Fidel y se quedó como la “cifra oficial de muertos”.  Al “New York Times” también le agradó el conteo de muertos que había reportado Grau y se hizo eco de él en su periódico.  Cuando Batista leyó el artículo, lanzó un comunicado que 20.000 era total y absolutamente exagerado.  Al final, la única lista con nombres y apellidos que hizo historia, fue la publicada por la revista Bohemia el 11 de enero de 1959: Rebeldes, 429; batistitanos, 153; en escaramuzas, 127; por bombas terroristas, 25; espías ejecutados por el 26 de Julio, 12; paisanos muertos en Santiago, en julio del 53, 48; en el ataque a Palacio, en marzo del 57, 30; en la revuelta de Cienfuegos, 62; en el Cuartel de Goicuría, en 1956, 12.  Eso hace un total de 898 muertos entre combatientes,  “curiosos” y desafortunados civiles que fueron víctimas de los ataques terroristas y de las bombas “amigas”.  Todos estos muertos fueron publicados con sus nombres y apellidos (algunos con sus fotografías ya cadáveres), nadie hizo el mayor intento porque se incluyera un muerto que Bohemia no había reportado, por lo tanto, debemos aceptar --- gústele o no a Fidel --- que la sangrienta guerra contra el tirano Batista, el “Monstruo de Banes”, no produjo más de 900 muertos.

 

REGRESANDO AL MAR DE LA FELICIDAD

de Robert Alonso

 

Sería muy triste que habiendo tenido el pueblo un trío de reyes y el Sr. Chávez un par de dos, hayamos perdido la patria gracias a que nuestro moderno “Che Gevara” se haya vendido como un fenómeno, sabiendo así “blofear” en aquel juego de póquer donde se apostó – pelo a pelo – el futuro de Venezuela.

 

Busquen en este capítulo de mi libro mil claves históricas que podamos aplicar hoy a nuestro terrible drama como nación.  No nos dejemos engañar por la novela que nos escribieron después.  Al pueblo cubano y al venezolano solo lo divide un “laguito” llamado el mar Caribe.  Nuestros soldados, como los “casquitos” de Batista, no son asesinos a sueldos sino muchachos humildes, cada uno de ellos con un corazón más grande que todo este continente.  Nuestros aviadores no son mercenarios de Sudáfrica, son muchachos de clase media salidos de nuestras escuelas militares con hijos,  esposas, hermanas, madres, tías y amigos que en su mayoría piensan como ellos y como nosotros, los venezolanos dignos.  Incluso generales como Baduel, cree en los muertos que salen por las noches… todas las noches, por el resto de nuestras vidas.

 

Los muertos – los miles y miles de muertos – vinieron después, con la llegada del CASTRO-COMUNISMO al poder.  Ahí comenzó la verdadera tragedia del pueblo cubano.  Hasta entonces éramos todos hermanos; a partir de entonces nos separó el odio fomentado desde las alturas por Fidel Castro.

 

Sería muy triste que de perderse Venezuela, tuviera que escribir un libro en el cual narraría cómo, a pesar del despelote dentro de nuestras fuerzas armadas y del régimen de ineptos, un contingente de  valientes hombres y mujeres que representaba el 80% de la población total de esta noble tierra, se dejó derrotar por “las circunstancias”. ¡Sería muy triste!

 

Mi amiga francesa Andrée llegó a Venezuela en 1951 con un contrato para cantar en el Hotel Tamanaco.  Se encontró con “esto” y dijo: “¡Aquí me quedo yo…!”  Hoy, de 72 años, sigue en Venezuela donde no pela un solo de mis alertas.  Cada vez que se despide en las diarias cartas que me envía, lo hace en francés: “NI UN SEUL PAS EN ARRIERE!”, que en criollo no significa otra cosa más que: “¡NI UN PASO ATRÁS!”

 

El Hatillo 2 de marzo de 2003

 

ROBERT ALONSO