LOS MEDIOS

 

Últimamente -- gracias a la inevitable, esperada y comprensible radicalización del país, producto de la decepción colectiva que produjo el desengaño de aquella ilusión óptica que hasta no hace mucho conocimos como “Referendo Revocatorio” (cariñosamente llamado “RR”) -- muchos lectores/ras me preguntan la razón por la cual – de acuerdo a mi criterio --  los medios privados venezolanos de comunicación social no se hacen eco de “LA GUARIMBA” como una opción  válida, coherente y factible dentro del concepto de DESOBEDIENCIA CIVIL ACTIVA en un escenario de defensa total de la patria que ha venido contemplando el BLOQUE DEMOCRÁTICO desde el principio de toda esta pesadilla que hoy atraviesa Venezuela, apegado -- entre otros -- a los artículos 333 y 350 de la constitución bolivariana.

 

La respuesta -- tremendamente sencilla -- es la misma que nos explica la actitud asumida por los medios privados  cubanos de comunicación social -- no solamente ante la tormenta de máximo horror que todos veíamos se avecinaba en la Cuba de los primeros años de la revolución cubana – sino desde mucho antes de que Castro llegara al poder: una malsana mezcla de complicidad, ignorancia, indiferencia, terror y conveniencia.

 

Muchos de los “comunicadores sociales” que hoy – cuales líderes políticos -- asumen un liderazgo dentro de la oposición, no eran siquiera conocidos (al menos no en la magnitud y grado en la cual hoy se conocen) en la Venezuela aC (antes de Chávez).  El día en que caiga el régimen CASTRO-COMUNISTA de Venezuela, no se oirán ni ellos mismos, sobre todo si fueron aquellos (la inmensa mayoría) que se empataron en ayudar a “guaralear” al pueblo con aquello del “RR”.

 

Algunos medios son cómplices abiertos del régimen, tal vez por tener “rabos de paja” en mayor o menor grado.  El factor imperante en la complicidad de otros es la simple y llana ambición y la creencia que seguirán chupando la teta más allá de lo que el régimen considere necesario.  Lo mismo sucedió en Cuba, no solo con los medios de comunicación social, sino con pequeñas, medianas e inmensas empresas como la “Compañía Cubana de Electricidad”, que para ayudar a la revolución (y guindársele dolorosamente de las bolas a Castro) le adelantaron el impuesto de todo un año; ante de que ese año culminase, ella -- como otras que a motus propio hicieron lo mismo -- estaba “siquitrillada” (intervenida, nacionalizada... apropiada sin la indemnización de un solo centavo prieto y viejo).

 

La ignorancia y la apatía han jugado un importante rol dentro de esa actitud – para muchos incomprensible – de los “medios” para mirar hacia otro lado, empatarse en una postura “light” o simplemente en el “guaraleo colectivo” de aquella cosa que mentaban “Referendo Revocatorio”.  Piensan -- los que “parecen” locos, es decir: la inmensa mayoría, por no decir todos – que Chávez se va a agotar (como se han agotado en su funciones todos los presidentes de la IV República con la excepción de Jaime Lusinchi,  gracias al invento mediático aquel -- que nos vendió a los venezolanos el cuento de “El Milagro Lusinchi” o “El Milagro Venezuela” -- sobre una atroz y perversa gestión gubernamental que casi nos hizo desaparecer como país soberano, de cuyo embuste no nos enteramos hasta que llegó al trono CAP II) y en consecuencia terminará tan  o más despreciado y desprestigiado que su predecesor Rafael Caldera, lo cual nos llevará -- feliz y festinadamente -- a otro “burundango” que seguirá destruyendo al país en la Venezuela dC (después de Chávez). 

 

Eso de que el CASTRO-COMUNISMO está a punto de adueñarse de Venezuela junto a Chávez -- quien es un autócrata y un loco-de-mierda -- solamente lo dicen los medios (a través de sus entrevistados e invitados bienvenidos y autorizados) de la boca para fuera... creerlo con el corazón es otro cuento, pues alegan que este es un pueblo “aguerridamente” demócrata, amigo de los “americanos” y mimado por la “comunidad internacional”, razón por la cual sería imposible que se instale en Venezuela un pendejo medio muerto de hambre llamado Fidel Castro y su combo de alpargateros, enfermeros y alfabetizadores de Logroño.

 

Muchos dueños de medios se aterran con solo pensar que le van a retirar la concesión del Estado para salir al aire o le enviarán a Lina Ron y sus huestes a la rotativa para que los hagan añicos.   No hay nada más cobarde que el capital... y los capitalistas, por supuesto.   Ellos -- los dueños de medios – saben que mientras promovieran el “RR” todo quedaría en familia... y el pueblo pensaba que estaban haciendo patria en las filas de la oposición, combatiendo – con rabia, implacable y decididamente – al régimen sanguinario que masacró al pueblo en Miraflores.  Siempre entendieron que bueno era cilantro (culantro), con tal de que no fuera tanto.  Mientras no exageraran y se aferraran – ÚNICAMENTE -- a promover el Referendo Revocatorio en medio de un país convenientemente “guaraleado”, todo saldría bien y seguirían comiendo cochino, aunque la ingesta del pueblo fuera la misma que aquella que pica el pollo.

 

Por último entra en el juego la más simple, elemental y eterna conveniencia.  Hay programas de televisión que en sus espacios siempre tienen una encuesta, por muy tonta que ésta sea: “¿De qué color cree usted son las plantas de los pies del presidente Chávez: a) amarillo desteñido, b) blanco renacuajo o c) marrón caca diarreica?  Cada respuesta del televidente le produce a la televisora entre Bs. 400 y 500, eso, sin contar los “mensajitos” de texto que los televidentes envían contentivos de cualquier bobería inimaginable.  Con un negocio tan redondo atrás, sin tomar en cuenta la publicidad regular, ¿quién va a pensar que a los beneficiados les pudiera interesar que se agote la fuente que promueve los más radicales sentimientos adversos los cuales son canalizados en “votaciones-encuestas” electrónicas – vía telefonía celular -- donde cada “voto” significa una cotidiana y segura fuente de ingreso?

 

Lo importante es que el ciudadano de a pié tenga total y absolutamente claro que ni los “americanos”, ni la “comunidad internacional”, ni “nuestros” políticos tradicionales... ni los medios privados venezolanos de comunicación social nos van a ayudar a salir de este atolladero; no lo hicieron en Cuba, no lo harán en Venezuela, por más que salgan por ahí “analistas” a decir que no hay similitud entre los dos países y sus respectivos procesos revolucionarios.  Habrá necesariamente que buscarse otras vías alternas para promocionar – lo antes posible -- “LA GUARIMBA”, si queremos salir de este hueco algún día.

 

La solución a nuestra aterradora desgracia la encontraremos – en su debido momento, ojalá que ya -- en nosotros mismos como sociedad, apoyados por aquellos miembros dignos y mayoritarios de las fuerzas armadas venezolanas que estén comprometidos con nuestra constitución y con el pabellón tricolor de las siete estrellas.  Juntos, sociedad civil y militares leales a la patria, nos sacudiremos el CASTRO COMUNISMO INTERNACIONAL, enfrentando las tropas traidoras cuadradas con el oprobioso ejército cubano de ocupación.

 

No importa que se haya agotado el “guaraleo” aquel del Referendo Revocatorio, puede que inventen uno nuevo ya mismo.  No contemos con nuestros medios de comunicación social.  La historia y la conciencia de cada uno de ellos sabrán juzgarlos y condenarlos… y no solamente debemos sentarlos a ellos en el banquillo de los acusados; este tormento nacional se lo debemos a muchos, muchos de nosotros mismos – yo incluido – quienes por obra u omisión ayudamos Y SEGUIMOS AYUDANDO – directa o indirectamente, concientes o no – al monstruo, en su empeño de lograr la destrucción total de Venezuela.  En esta oportunidad, al igual que lo he hecho varias veces desde que comencé el apostolado de “alertas” el 2 de diciembre de 2002, cierro este escrito con la carta suicida de Miguel Ángel Quevedo, fundador y editor en Cuba de la revista Bohemia; dejemos que ella, y mi paisano – desde la ultratumba – tengan la última palabra de hoy...

Sr. Ernesto Montaner
Miami,
Florida

Caracas, 12 de agosto de 1969

Querido Ernesto:

Cuando recibas esta carta ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte. Ya me habré suicidado — ¡al fin! — sin que nadie pudiera impedírmelo, como me lo impidieron tú y Agustín Alles el 21 de enero de 1965.

Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como «el único culpable» de la desgracia de Cuba. Y no niego mis errores ni mi culpabilidad; lo que sí niego es que fuera «el único culpable». Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.

Culpables fuimos todos. Los periodistas que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme que no se quitaban nunca. No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública. El pueblo también fue culpable. El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llada. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era vocero de ese pueblo. El pueblo que acompañó a Fidel  desde Oriente hasta el campamento de Columbia.

Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conociendo la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo Comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

Fue culpable el Congreso que aprobó la Ley de Amnistía. Los comentaristas de radio y televisión que la colmaron de elogios. Y la chusma que la aplaudió delirantemente en las graderías del Congreso de la República.

Bohemia no era más que un eco de la calle. Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió a Bohemia cuando inventó «los veinte mil muertos». Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa, que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia.

Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. Y los que se ocuparon más del contrabando y del robo que de las acciones de la Sierra Maestra. Fueron culpables los curas de sotanas rojas que mandaban a los jóvenes para la Sierra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respaldaba a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder.

Fue culpable Estados Unidos de América, que incautó las armas destinadas a las fuerzas armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros.

Y fue culpable el State Department, que respaldó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.

Fueron culpables el Gobierno y su oposición, cuando el diálogo cívico, por no ceder y llegar a un acuerdo decoroso, pacífico y patriótico. Los infiltrados por Fidel en aquella gestión para sabotearla y hacerla fracasar como lo hicieron.

Fueron culpables los políticos abstencionistas, que cerraron las puertas a todos los cambios electoralistas. Y los periódicos que como Bohemia, les hicieron el juego a los abstencionistas, negándose a publicar nada relacionado con aquellas elecciones.

Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores. Claro, que nos faltaba por aprender la lección increíble y amarga: que los más «virtuosos» y los más «honrados» eran los pobres.

Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en días muy difíciles, como Rómulo Betancourt, Figueres, Muñoz Marín. Los titanes de esa «Izquierda Democrática» que tan poco tiene de «democrática» y tanto de «izquierda». Todos deshumanizados y fríos me abandonaron en la caída. Cuando se convencieron de que yo era anticomunista, me demostraron que ellos eran antiquevedistas.  Son los presuntos fundadores del Tercer Mundo.  El mundo de Mao Tse Tung.

Ojalá mi muerte sea fecunda y obligue a la meditación de aquellos que puedan aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie esos voceros de odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.

Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera. Nuestros pecados pesaron más que nuestras virtudes. Nos olvidamos de Nuñez de Arce cuando dijo:

Cuando un pueblo olvida sus virtudes, lleva en sus propios vicios su tirano.

Adiós. Éste es mi último adiós. Y dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que he hecho.

Miguel Ángel Quevedo

 

Caracas 22 de septiembre de 2003 – A los 10 del desconocimiento de las firmas de más de tres millones de venezolanos para solicitar el Referendo Revocatorio Presidencial.

 

ROBERT ALONSO