¡LA TRONARON!

 

La Cuba de Castro ha producido cualquier cantidad de nuevos verbos, uno de ellos es “tronar”, sinónimo en Venezuela de algo así como “partirle el alma a un colaborador del régimen” o “descamburar”: “dejarlo a pié”… o como el “Gallo de Morón”: sin plumas y cacareando.

 

Fidel Castro y su régimen CASTRO-COMUNISTA han roto record de “tronamentazon” a lo largo y ancho de la historia de la “Revolución Verde Como Las Palmas”.  Es difícil ahora recordarse quién resultó ser el primer “tronado” del “proceso” castrista; tal vez un iluso llamado Manuel Urrutia Lleó -- el primer “presidente” a quien Castro colocó con su dedo índice en la silla -- quien a los pocos meses quedó como pajarito-en-grama, mirando pa’los lados y piando, para terminar disfrazándose de lechero a fin de colarse de incógnito en la embajada de Venezuela en La Habana, donde pidió asilo político siendo todavía “presidente” de Cuba.

 

Para deshacerse de Urrutia, Fidel llamó a Carlos Franqui (director entonces del periódico “Revolución”) y le dijo: “Tengo problemas con el Presidente.  No voy a recurrir al acostumbrado golpe de estado latinoamericano.  Voy a ir directamente al pueblo, porque el pueblo sabrá lo que hay que hacer.  Tú eres el único que sabe algo sobre esto.  Quiero que hagas una edición especial del periódico (“Revolución”) anunciándolo.  Cierra el lugar a piedra y canto y no dejes escapar una sola palabra.  Será mejor que imprimas un millón de ejemplares... tú sabes, ¡con esos grandes encabezados que te gustan tanto!  Daré las razones cuando me presente en la televisión...”

            Revolución” salió a la mañana siguiente con un encabezado en grandes letras rojas que decía: “¡FIDEL RENUNCIA!” El pueblo enloquecía.  Hubo demostraciones por todas partes, la nación entera se estremeció y virtualmente se detuvo.

            A Fidel si le gusta joder a la gente”, fueron las exactas palabras de Camilo Cienfuegos.  Pero ésta no era la acostumbrada forma de “joder”.  Castro iba a librarse de su presidente, pero lo iba a hacer a través de un nuevo tipo de acción política, a través de lo que era -- en efecto -- un “golpe de televisión”, en el cual un hombre no es simplemente sustituido en su cargo político, sino destruido y en el que “el pueblo pensaría que realmente tomó la decisión mediante lo que ahora se llamaba “democracia directa”... o “participativa”, como le llamaría décadas después en Venezuela el Sr. Hugo Chávez, metódico estudioso de Fidel Castro y de sus macabras y malévolas tácticas.

            Fidel se desapareció de la capital y se escondió varios días.   El pueblo incrementaba su incertidumbre ante la pérdida de su líder.  La desorientación colectiva se adueñó de la nación entera.  Nadie, incluso Urrutia, sabía qué hacer ni por qué Castro había tomado aquella dramática determinación de renunciar después de tantos “sacrificios”.

            Cuando por fin volvió a La Habana, fue primero a la estación de televisión CMQ y habló tranquilamente durante unos treinta minutos.  Entonces se lanzó en forma directa al grano, declarando que “la razón de mi renuncia son las dificultades que he tenido con el presidente de la República”.  Ahí no paró la cosa.  Continuó acusando a Urrutia de “alta traición” porque había hablado en contra de los comunistas.  La actuación no sería olvidada nunca, porque era la más amenazadora que había realizado Castro hasta entonces y muchos hombres que habían estado con él hasta aquel momento, se sintieron asombrados por la ferocidad de su ataque contra un hombre que había cumplido a ciegas todos sus deseos.

El pueblo cubano -- actuando como una masa ingenua -- no estaba preparado para lidiar con un líder tan inmensamente poderoso, desleal, embustero, calculador y maquiavélico como Fidel Castro Ruz.  Manuel Urrutia, aquel honesto juez rural, formaba parte de ese pueblo.  En cuanto a él -- que también había sufrido para salvar a Cuba -- se encogió como un animal acorralado ante tan inesperadas y feroces calumnias de quien hasta entonces se había mostrado siempre amigable y cordial.  El hombrecillo, pequeño y modesto, con una larga nariz muy española y sus lentes oscuros, se ocultó en su oficina del palacio presidencial para mirar su aparato de televisión como si estuviera en estado de shock, mientras su leal secretario gritaba al rostro de Castro que aparecía en la pantalla de la TV: “¡Mientes, mientes...!”

Fue entonces cuando Urrutia empezó a llorar en forma incontrolable.  Aquella no era una simple maniobra política en la que un hombre sustituye a otro -- con frecuencia sin rencor -- porque todo es simplemente parte del juego del poder político; aquello era un golpe de estado emocional, psicológico, carismático, en el que el usurpador usó cuanta táctica y cuanto vehículo psicológico pudo encontrar no sólo para destruir la eficacia, la legitimidad y la reputación del hombre, sino para destruir a su grupo y a su clase con él.  Castro ya no necesitaba a Urrutia, con sus puntos de vista moderados, así que se libró de él y junto con él, de cualquiera que tuviera puntos de vistas similares.   Para Fidel había llegado la hora de romper definitivamente con la imagen del padre y se alza sistemático y destructivo contra todo aquello que se lo recuerde, como por ejemplo: la clase dirigente cubana.  Y así, de institución en institución, de pueblo en pueblo, de COLABORADOR EN COLABORADOR, fue destruyendo sistemática y “programáticamente” todo cuanto encontró a su paso como verdadero ángel exterminador.

 

De Urrutia en adelante, los “tronados” fueron tantos que la cifra y conteo se perdieron en lo gris de una historia aburrida que hoy tiene más de cuatro décadas.  Oswaldo Dorticós, el substituto de Urrutia, fue “tronado” y un buen día amaneció suicidado con un tiro en la azotea.  La lista es tan larga como el expediente criminal del único dictador que ha sido “Comandante-en-Jefe” de dos repúblicas a la vez: Fidel Castro Ruz.

 

Las técnicas de las “tronaciones” han sido variadas y algunas de ellas cargadas de mucha inventiva y creatividad.  En algunos casos la “tronada” víctima recibía, además, un pase de factura, como sucedió con el General Arnaldo Ochoa y los “morochos” (jimagüas) De La Guardia.  Estaban también los “veladamente-tronados”, como el “Guerrillero Heroico”: Ernesto “Che” Guevara.   A Camilo Cienfuegos lo “tronaron” y lo desaparecieron del mapa cubano.  Dicen que a Robertico Robaina lo “tronaron” y lo pusieron de “bombero” en una bomba de gasolina (gasolinera) habanera.  El General de División José Abrantes – el eterno ministro del Interior – lo metieron de cabeza en un calabozo cuando fue “tronado”, del cual salió moribundo tras un supuesto ataque cardíaco que lo llevó al cementerio para siempre.

 

En mi libro “Regresando al Mar de la Felicidad” (ver dirección donde puede ser obtenida una copia cibernética) alerto a los colaboradores más cercanos del Sr. Hugo Chávez, para que vayan poniendo sus bardas en remojo al verse reflejados en el espejo del CASTRO-COMUNISMO, versión Las Antillas… y ahí se deben incluir – PRIMORDIALMENTE – los miembros de nuestras gloriosas Fuerzas Armadas, en especial aquellos del Ejército Forjador de Libertades, quienes son los primeros candidatos a recibir sus respectivas patadas por donde el sol nunca pega… llegado el momento en el cual ya no tengan valor alguno para los intereses particulares de los señores Chávez y Castro.

Hoy parece que le tocó el turno en Venezuela a la Sra. Nora Uribe, experta – entre otros menesteres – en guindarse verticalmente hasta un punto en que debió haber producido profundo dolores testiculares al segundo abordo en esta “revolución bonita”… tal y como podíamos todos “disfrutar” cada domingo en el excelentísimo programa “Aló Presidente”.

Dirección cibernética: 

(http://www.geocities.com/alertas3986959/MARDEFELICIDAD.pdf) 

Caracas, 27 de julio de 2003

 

ROBERT ALONSO