LA GRANJA DE REHABILITACIÓN

 

A la muerte de mi madre, Papá solicitó el permiso de abandonar la isla.  Por ser médico se le hizo sumamente difícil, pues como Cuba ya no tenía galenos “viejos”, a los pocos que quedaron les prohibían la salida o se las ponían tan difícil que muchos desistieron de emigrar y murieron de viejos y de pena en Cuba.    Mientras le llegaba su permiso de salida, mi padre solicitó un trabajo en un hospital de Santa Clara, pero jamás se lo dieron.  Era un gran médico, reconocido en toda Cuba como un avanzado cardiólogo, sin embargo, el gobierno no lo empleaba... tampoco lo dejaba ir.   El trabajo que le ofrecieron --- y le impusieron ---, mientras se “tramitaba” su permiso, fue en una granja “modelo” en las cercanías de Cienfuegos y para allá nos mandaron.  Mi padre, un insigne cirujano cubano,  trabajó en el campo sembrando “malanga” (ocumo) durante varios años.  Para mí fue una etapa relativamente agradable de mi vida, a pesar de la pérdida de nuestra madre, porque en la Finca Portugalete, había cualquier cantidad de caballos y pasaba mis días sobre un “penco”, como se les dicen a los “flochos” en Cuba.  Además, allí conocí a mi primera “novia” de verdad,  Emilita --- la hija del jefe de la “finca” --- cuyos gratos recuerdos me han acompañado toda la vida.   También aprendí a agenciármelas, como todo buen cubano.  Me enseñaron a hacer baterías con mi propio orine, a arreglar lavadoras con pedazo de mecate viejo, secadoras con trozos de alpargatas, “frigidaires” (neveras) y cualquier artefacto eléctrico capitalista que en Cuba ya no tenía repuestos.    Conocí, por primera vez, el hambre, el frío intenso y me hice amigo de los mosquitos que nos visitaban de la Ciénega de Zapata.    Fui el catcher estrella del equipo de pelota de los que estábamos allí en vía de “rehabilitación revolucionaria” y practiqué el arte de ganarme a mis enemigos sin perder la dignidad.   Cuando salí de Portugalete no era muy comunista que digamos, pero estaba preparado para enfrentarme al mundo y a sus tormentas más férreas.  Recuerdo que había un anciano --- que luego murió de tuberculosis a mi lado --- que me solía decir para calmar mis angustias: “Tranquilo, fiñe, que mientras más recias sean tus tormentas, más profundas serán tus raíces...  Cualquier cosa después de Portugalete era un paseo por un prado lleno de sinsontes (paraulatas).  

Lo más duro de nuestro paso por la granja de “rehabilitación revolucionaria” fue la separación de nuestra hermana, María de la Caridad (hoy religiosa viviendo en un convento en España), quien fue alojada durante todo el tiempo, en un centro de “rehabilitación revolucionaria” para mujeres, cercano al nuestro.  Tenía doce años cuando entró y “mil” cuando nos volvimos a ver.   En aquellos tiempos se decía que Fidel dividiría las familias que se disponían a dejar la isla, permitiendo la salida de los niños sin los padres, una “versión distorsionada” de la famosa prohibición de los niños que dio vida a la “Operación Pedro Pan”.  La Iglesia Católica creó en los Estados Unidos una fundación para recibir y atender a los niños que llegaban sin sus representantes.   Uno de estos centros se instaló en la ciudad de Spokane, en el estado de Washington, en el extremo noroeste de los Estados Unidos.  Allá fueron a parar dos de mis primos por el lado paterno.   Mi prima mayor salió de Cuba en el 61 y sus padres lograron reunirse con ella en el 72.   Cuando por fin llegaron mis tíos a Washington, a mi prima Carla se le había olvidado el español y les llamaba “Mommy” y “Daddy” (Papi y Mami) a sus “padres” norteamericanos.  

En una reunión que tuvimos en el batey de la Finca Portugalete, mi padre, mis hermanos y yo habíamos decidimos abortar el plan de emigrar de Cuba si nuestra partida estaba condicionada a la separación temporal o permanente de nuestra hermana.   Dios no permitió la separación y logramos abandonar la isla todos juntos.

        Cuatro años más tarde le llegó la “visa de salida” a mi padre y logramos irnos a España.  A los tres meses – sin embargo -- estábamos instalados en una hermosa villa de las afueras de Austin, Texas, donde mi padre consiguió un trabajo como enfermero en un conocido hospital texano mientras hacía su “reválida” en los Estados Unidos y obtenía la licencia en el estado de Texas.    Llegó a ser director del hospital y a su retiro se ofreció a servir a su nueva patria, no como combatiente, sino como médico de campo en Vietnam del Sur, donde murió y por error (o desidia) quedó enterrado su cuerpo, en algún lugar desconocido de aquel sufrido país.

 

Del libro

REGRESANDO AL MAR DE LA FELICIDAD

Por Robert Alonso

 

El Hatillo, 11 de marzo de 2002

 

ROBERT ALONSO